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Allá por 1890 una familia estadounidense de clase media se reúne con amigos en el salón de su casa para celebrar un evento cualquiera, tal vez una fiesta. Charlan, intiman, brindan, beben... De fondo el ruido ambiente. No contaban aún con un gramófono, patentado unos años antes, en 1887. Sin embargo, en el imaginario popular y cinematográfico ─tal vez sólo en el mío─ se les puede visualizar cantando felizmente alrededor de un piano. Aunque no era nada frecuente ver un piano, al menos no en todos los hogares. Simplemente no estaba al alcance de todos los bolsillos. Pero imaginemos: esta familia pudo permitirse uno. Bastante caro, voluminoso y con muchas teclas. Ochenta y ocho, para ser exactos.

¿Y qué tocaban en las reuniones? ¿Rock and Roll? ¿Boleros? ¿Música ligera? ¡Ojalá estuvieran inventados! Pero quedaban décadas para algo así y la música popular era, o bien clásica, o bien tradicional. Nada emocionante y probablemente demasiado aburrida para una fiesta. Pero un buen día, a finales del siglo XIX, aparecieron unos compositores rebeldes reventando, versionando y sacudiendo las melodías clásicas de Chopin y compañía con un contratiempo feroz. ¡Herejía!

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